La insólita lasitud de la enfermera K y una terrible sospecha

El jueves de la ya referida visita a mi doctor, la enfermera K estaba de un inusitado buen humor, lo cual ya de por sí merecería grandes titulares, porque sin dudas ella es la protagonista, el alma toda de cuanto sucede en una jornada típica de consultas en el hospital del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK).

Ni los médicos ni los pacientes mandan allí. Yo creo que ni el mismísimo doctor Jorge Pérez, director del hospital, cuestionaría la autoridad de la enfermera K en su coto privado de los consultorios. Alta para ser mujer, delgada pero sólida, de ese color mestizo indefinido que hace titubear a los funcionarios del carné de identidad a la hora de una clasificación racial, siempre vestida impecablemente de blanco y con una edad imprecisa, entre los 45 y los 60 años. Su rostro es duro, de pómulos salientes y unas divertidas y pequeñas orejas enhiestas que sobresalen aún más por el ajuste de su pelo ralo al yugo de la rígida cofia. La adustez de la enfermera K es lo más parecido que conozco a los caracteres de una ama de llaves tiránica o de una severa institutriz, esos célebres personajes de la novela decimonónica francesa e inglesa.

Ella recibe atrincherada tras su buró a la primera avalancha de pacientes que a las 9:30 AM comenzamos a acceder al hospital, luego de vencer los obstáculos iniciales del arribo, organización y control de la entrada en la garita de la institución, tal como les narré prolijamente en mi relato anterior Mi consulta en el IPK y la cola con las “locas”.

Su puesto de trabajo está justo en el primer tercio de un extenso pasillo con una decena de puertas sucesivas —debidamente numeradas e identificadas con los nombres y días fijos que corresponden a cada galeno— que preservan la intimidad de los discretos, asépticos y tal vez algo fríos e impersonales, pero confortables gabinetes médicos.

La enfermera K, consciente de la trascendencia del momento, pide calma, disciplina y silencio. Si fuera necesario, interviene enérgicamente para aplacar cualquier disputa que pudiera suscitar la flagrante violación del sagrado derecho al orden de llegada entre quienes estábamos fuera en la garita y los que hábilmente pudieron infiltrarse en el hospital antes de la hora de apertura para los citados a consulta.

Comienza entonces la delicada fase de chequear el nombre de los pacientes en las respectivas listas de los turnos para cada médico, al tiempo que nos otorga un número del uno al tanto, y acto seguido pasamos a la báscula donde la enfermera K determina nuestro peso corporal, el cual ella misma plasma en un minúsculo cuadro de papel que nos entrega con el mencionado número de orden para cada consulta, y que luego debemos entregar al médico para que registre en la historia clínica cuántos kilogramos de más o de menos tenemos en relación con la cita precedente.

Como dato adicional, debo explicar que la cantidad de personas a atender por un doctor en una jornada tiene un límite formal, creo que de alrededor de una veintena más o menos, aunque la mayor o menor concurrencia para alguno de ellos depende de varios factores como su antigüedad en el hospital, la “popularidad” o prestigio entre los pacientes y también del tipo de especialización que tenga en determinada dolencia relacionada con el VIH/SIDA.

Pero lo más interesante viene después de este imprescindible preámbulo organizativo, cuando todos los pacientes —que por algo esta palabra proviene del sustantivo paciencia— nos disponemos a esperar a que comiencen a llamarnos, cómodamente sentados en un amplio salón que precede al pasillo donde reina la enfermera K.

Desde su trono y en la medida en que los doctores bajan de los pisos superiores del hospital para comenzar la consulta, luego del pase de visita por sus respectivas salas de ingreso, ella comienza a vocear nuestros nombres, uno por uno, de tal modo que frente a la puerta de los gabinetes solo debe permanecer la persona que sigue en el orden, detrás de quien ya está en el “confesionario” médico.

Pero definitivamente es en la amplia sala de espera, con capacidad para unos 40 ó 50 pacientes, donde ocurre lo más interesante. Allí las personas comienzan una peculiar relación comunicativa que arranca por el examen visual más o menos sutil de sus respectivos vecinos —recuerden que el 80% somos HSH de todas las tendencias y estilos de comportamiento homosexual, transexual, travestido o bisexual—, apoltronados en los mullidos sofás y amplios butacones, bastante bien conservados a pesar de sus extensos años de servicio, aunque algunos comienzan ya su indefectible declive.

Cuando coinciden amistades de antiguas cruzadas callejeras u hospitalarias, comparten animadamente sus historias pasadas y presentes. Ahí uno puede escuchar desde una improvisada conferencia sobre las supuestas virtudes terapéuticas del tamarindo para mejorar las defensas frente al SIDA, hasta los detalles de alguna fiesta gay o la actualización de los amoríos y lances sentimentales entre viejas y nuevas parejas.

Con una tendencia como norma a ser presumidos y demostrar que estamos arriba y “somos los que somos”, los pacientes por lo general solemos ir vestidos sobre la media de lo correcto a lo medianamente elegante, aunque algunos exageran y exhiben sus mejores galas, al último grito de la moda, como si fueran a una fiesta de sábado por la noche o anduvieran en son de conquista.

Un observador meticuloso puede incluso distinguir quienes son los de más reciente incorporación a los avatares del virus, algo azorados y recelosos, en una actitud entre defensiva y tímida, o con una postura ligeramente arrogante de “yo estoy aquí por accidente y no tengo nada que ver con esto”.

Los que llevamos más tiempo en tales lides, por el contrario, nos mostramos más seguros, tal vez un poco autosuficientes en los presuntos conocimientos médicos y sin lugar a dudas mucho más adaptables y cómodos ante la diversidad de caracteres y situaciones, incluyendo cierta condescendencia hacia algunos casos extremos de pésima educación formal que llegan casi al desparpajo en sus ansias por llamar la atención y cuyo mejor antídoto es ignorarlos olímpicamente, para no darles el gusto de ser el centro de la situación.

En el caso de los minoritarios pacientes heterosexuales —por desgracia, el IPK es casi la única institución estatal pública en Cuba donde ellos viven esta saludable experiencia de estar en desventaja numérica y no poder imponer sus patrones de conducta, ni juzgar desde la mayoría absoluta— se adaptan a las circunstancias como pueden. Unos van acompañados de sus parejas, hombre o mujer, para mostrar que no son gay o lesbiana, y que no haya equivocación posible; otros —en el caso masculino— enfatizan en la dramaturgia de una virilidad estridente, lo cual a la larga hace despertar mayores dudas sobre su verdadera orientación sexual; y los más inteligentes o experimentados —la menor cantidad— lo asumen con la naturalidad y el desenfado que el asunto en sí requiere.

En esta ocasión durante la prolongada antesala, la propia enfermera K vino de muy buen ánimo y encendió los dos televisores con que cuenta el local, fijos a la pared sobre sus respectivas arañas metálicas situadas en ángulos distintos, lo cual permite a casi todos ver uno de ellos, aunque en realidad no son muchos los que prestan atención a la programación habitual o a las películas trepidantes y casi siempre muy malas que un joven operador de video con pésimo gusto estético pero muy apuesto, selecciona para su exhibición por un canal interno, a veces también a petición y por préstamos de los propios pacientes.

Una parte significativa del tiempo posterior al encendido de ambos aparatos transcurre entre la eterna contradicción de quienes quieren subirles el volumen al máximo y los que aspiramos a bajarlo a niveles tolerables. Vencen, como es lógico, los más persistentes, o quienes tengan mayor ascendencia sobre el criterio de la enfermera K, obligada así a dirimir otro diferendo que tal vez sería insalvable de no existir su suprema autoridad.

Muy próxima a este salón está la cafetería del hospital, donde con sus altas y bajas, una empresa gastronómica estatal oferta alimentos ligeros, refrescos y jugos en pesos cubanos y también convertibles, lo cual permite a los imprevisores que no van preparados, desayunar luego de los análisis de sangre; o merendar algo a quienes esperamos entrar a la consulta, a los acompañantes de los enfermos ingresados, a los trabajadores del IPK u  a otros visitantes ocasionales.

Allí me fui esta vez cuando la enfermera K nos informó muy oportunamente que dos de los doctores —entre ellos el mío— demorarían en bajar de la sala porque había un paciente muy grave, moribundo casi —es importante no perder la perspectiva de que el SIDA mata— que requería de su presencia en cuidados intensivos.

Comprendí que debía asegurar algún bocado, porque ya sabía que aquello iba para largo y no me daría tiempo a llegar antes de que concluyera el horario de almuerzo en el periódico, no obstante a que yo era el sexto en la cola de mi médico, a quien al parecer tampoco podré presentarles esta vez, porque evidentemente tendré que dedicar otra crónica la próxima semana a esta interminable consulta.

Compré refresco y otras confituras selladas y me las llevé al salón de espera para comer tranquilamente. Mi vecino más próximo no solamente siguió el ejemplo, sino que aprovechó la coyuntura para establecer conversación conmigo —aparentaba más o menos la edad mía, de buena presencia y trato cordial, pero categóricamente no era mi tipo— para comentarme también lo extraño de que la enfermera K, quien desde las profundidades del pasillo suele otear en la distancia cualquier desorden en el salón, no nos llamara la atención por ingerir alimentos en esa área, lo cual yo no sabía tampoco que estuviera prohibido, pero no lo dudo.

En ese instante comencé a sospechar que aquella extraña lasitud en el rigor cotidiano y en la acostumbrada exigencia de la enfermera K pronto mostraría su lado negativo. La insólita jovialidad que ella irradiaba esa mañana no podía quedar impune y tendría con seguridad alguna imprevista y terrible consecuencia.

(CONTINUARÁ)

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25 comentarios

  1. ¿K? ¡Me hizo pensar en M, la de James Bond!!!

    ¿La van a castigar o qué?

  2. Hola Paquito, gusto saludarte, te cuento que me entretengo mucho leyendo tus publicaciones, y esta en particular la encuentro muy “interesante”, pues es una experiencia que “pocos” la viven y la estás viviendo, espero con ansias las siguientes crónicas, cuidata mucho, un gran abrazo desde mi linda Costa Rica, ¿Pura vida!

  3. ¿Y qué le pasó a M? Digo a K.

  4. Paquito, cuando las cosas parecian cojer su nivel, ahora nos llega esta noticia:

    Al parecer, el sexo oral puede causar cancer bucal!

    http://www.abc.es/20100326/ciencia-tecnologia-biologia-oncologia/sexo-oral-aumenta-casos-201003261131.html

  5. Hola Paquito ,me encanta esta historia ,seras responsable ahora de muchas noches de desvelo ,como podre esperar toda una semana para enterarme del misterio de la Enfermera k ,no podras acortar el tiempo entre un post y el otro ?(a veces te demoras hasta 9 dias sin actualizar tu blog )

    • Sorry, tengo trabajo, niño y pareja que atender jajaja. Trato de escribir al menos una vez por semana, pero a veces no puedo. También están los comentarios aquí, que no tienen nada que ver con lo que escribo, pero no importa, con gusto me compro esa bronca también. Ahora, duerme bien, que no es nada grave lo de la enfermera K jajaja.

  6. Paquito, una de las cosas que resulta atractiva en tu blog, es que te tomas el trabajo de responder a los comentarios.
    Eso, te diferencia 180 grados de la mayoría de los blogs de cualquier tema.
    No pierdas la costumbre.
    Saludos Gusanos
    100 %

    • Gracias, es lo menos que puedo hacer por quienes se toman la molestia de visitar la página y dejar sus impresiones. Un abrazo.

  7. Paquito:
    solo los que conocemos a la enfermera K y el viacrucis de los días de consultas y análisis para entrar en el IPK sabmeos que no has exagerado ni un tantico, desde que coemncé en esas lides en febrero dedico cada estancia allí nos ha llevado a mi hijo, mi esposo y a mi, no menos de 6 horas, pues somos de los que llegamos al filo de las seis de la mañana y salimos sobre las 12 y 30 o una de la tarde. De todas formas agradecidos de poder acceder gratuitamente a una institución y a médicos, téncios y enfermeras con la calidad de los que allí trabajan. Pero tu trabajo va retratando a la enfermera K.
    un abrazo, de tu colega

  8. Paquito ya tienes a otro en tu club. Ricky Martín salió del closet.

    • ¡Viva el Ricky ricón! Una salida del closet previsible, claro, pero que habla muy bien de su honestidad. Aunque disfruto de alguna música pop, no soy farandulero, así que me propondré oírlo más, como homenaje y la única vía que tengo de apoyarlo. Ojalá esta decisión no afecte su carrera profesional, porque hay mucha gente energúmena que no soporta que sus ídolos y símbolos sexuales los defrauden.

      • No, parece que en general la gente apoya sus declaraciones, además como tu habías dicho la mayoría de la gente se lo imaginaba.

  9. Paquito:
    Imagino que no nos has contado la segunda historia de la enfermera K, porque estas superocupado con las ultimas noticias, digo rumores de aquella esquina, de Cubana de Aviacion.

    • ¡Estoy muy ocupado con la final del campeonato de béisbol entre Industriales y Villa Clara! Pero no te preocupes, la enfermera K no se va a ir del IPK, así que pronto terminaré la historia.

  10. Felicitaciones por el campeonato…. Disfrútalo mucho porque…… el año que viene es de ¡¡¡¡¡¡¡LA GLORIOSA VILLA CLARA!!!!!!!
    Abrazos

  11. Bueno, paquito, si te interesa el tema de las enfermeras/reinas, ahi esta “Alguien volo sobre el nido del cucko” de Milos Forman. Si no la has visto todavia, te toca.

    • Tremendo libro, Aaron. Hay una película basada en el libro, fue una de las primeras veces que ví actuar a Jack Nicholson.

      • Milos Forman fue el director de la película. El autor del libro es Ken Kesey.

      • Mi unica referencia es la pelicula. Nunca he leido el libro. En fin, lo pongo en mi lista para algun dia muy lejano.
        Saludos balsero y paquito,

    • Una gran novela, fue editada en Cuba hace uno o dos años, para la Feria Internacional del Libro. La devoré. La versión fílmica no creo haberla visto, pero por muy buena que sea, y me encanta Nicholson, dudo que logre atrapar íntegramente el clima aterrador y liberador a la vez de ese texto

      • Paco, la película es excelente y obtuvo más de un premio de la Academia de Artes Cinematográficas de Los estados Unidos, entre ellos mejor actor y mejor actris para Louise Fletcher, mejor director, mejor película y por si fuera poco y esto responde tus dudas de que logre atrapar el espíritud del libro, mejor guión de 1975. Piensa que los Oscars se otorgan por los sindicatos y el de guionistas le dió el premio a esta entre varias nominadas que eran fabulosas, imaginate: Dog Day Afternoon o Tarde de perro, con Al Pacino que estaba excelente y perdió también ante Nicholson, Y para no seguir el film Barry Lyndon del maestro Kubrick que perdió todo contra Alguien voló…y para ponerle la tapa al pomo también le ganó a Nashville del Monstruo Robert Altman. Eses año los filmes fueron fenomenales todos, bueno, el año del Primer Congreso del Partido.


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